
El viernes por la noche se me fue la luz durante la tormenta. Después de algunos minutos pensé en la batería de los electrónicos para terminar la peli que estaba viendo. Luego entré en pánico por las cosas del refrigerador. Y es que pocos percances domésticos se asemejan a la falla de un refrigerador.
Yo compré mi primer refri en agosto de 2005, cuando me independicé y había que amueblar el nuevo Depa. Acordamos Pau y yo, mi nueva roommate, que cada quien compraría un paquete de enseres de uso común. Ella eligió la lavadora, secadora y un futón y yo compraría el refrigerador, hornito y el comedor. Así vivimos felices un par de años.
En ese entonces comencé a cocinar de verdad. Entre semana, a cada quien le tocaban dos guisos y el viernes era de recalentado. El fin de semana era China libre. Me compré mi primer libro de Williams Sonoma, que se llama Sopas y Guisos, del que a la fecha sigo haciendo varias cosas como la sopa de tortilla, el chowder de elote, el pollo cacciatore y el cerdo con frutas secas que inspiró la receta del pavo de navidad.

En 2007, Pau se fue a España y yo me mudé junto con mi refri, comedor, mi gato Julian y la tortuga Casiopea a la casa de las arañas. Ahí vivimos Maris con su schnauzer Vaio, Cindy, Nayiv y yo en una casa con un jardín de 100 mts2 (donde ya habitaban las arañas lobo). Mi refri siguió dando servicio a estudiantes, borrachos, estudiantes borrachos, novios y galanes, y siguió almacenando mis guisos e insumos.
Cuando me casé, en 2009, el refrigerador fue parte de mi dote. Alex tenía lavadora y secadora y algunos muebles de la casa de campo de sus papás. Casiopea se quedó en el jardín de las arañas pero Julián nos acompañó hasta que Paul el Schnauzer llegó a nuestro pequeño hogar en la calle más bonita de la ciudad.

El refri fue fiel compañero por 7 años y entonces hubo que mudarnos a lo que, años después se convertiría en la colonia más cool del mundo. Refri seguía ronroneando y enfriando cervecitas y sobras del bar que pusimos Alex y yo. Cerramos el bar y dimos por clausurado el matrimonio. Adivinaste, el refrigerador se quedó conmigo.
En ese entonces, ya por 2018, el Refri daba sus primeras muestras de desgaste. La puerta no cerraba bien y como arreglo temporal, le puse una cinta amarilla. Parecía como mal consejo de dieta.
Mágicamente Refri se compuso y ya cerraba bien. Le funcionó la dieta. Y entonces siguió enfriando sopitas, quesos, botellas de vino a medio tomar. Congeló pasteles y croissants y costras de pays. Ya habíamos entrado en la pandemia. Rostros conocidos y nuevos alimentaban y se nutrían del generoso refri que solo observaba.
Hasta que un día regresé del trabajo y la cocina estaba encharcada. La bolsa de hielos se había derretido toda y había empapado las masas de hojaldre y se descongelaron salmones y arándanos.
Llamé a un técnico, porque eso hacemos las personas arriba de 40 años. Me preguntó cuántos años tenía mi Mabe… haciendo cuentas rápidas le contesté que tenía 16 añitos.
-¡Huy no! de seguro ya no hay las partes para repararlo. Esos refrigeradores ya se descontinuaron.
Así que tomé la decisión lógica de reciclar mi refri viejo, despedirme de él y comprar uno nuevo. Pero mira, cuando cambias un refri, no es simplemente sacar el viejo y traer el nuevo, como si fuera un comedor. No, aquí implica ver con pánico cómo los salmones que uno tenía pensado para un momento especial irse gradualmente descongelando, así como esos arándanos que tenías guardando para la cena de acción de gracias, o la pasta de hojaldre para los croissants que nomás no te atreves a hacer. Y entonces comienzas a comer salmón en martes y haces salsa de arándanos en septiembre, y hay que ver quién se lleva el refrigerador inservible (hay compañías que lo reciclan, pero hay que pagarles y hacer cita para que se lleven al viejito a su lugar de descanso final.

Y luego, mientras tanto, ir a la tienda, comparar nuevas opciones, hielitos o no, agua fría, iPad integrado, congelador abajo o arriba, o simplemente una caja para guardar la comida. Me fui por un término medio y compré un refrigerador de inteligencia promedio, que hace hielitos y surte agua fría y congela o enfría en 3 minutos. Así que muy feliz cambié mis queridos imanes de refrigerador e inicié este nuevo ciclo con uno nuevo.

En esos días me di cuenta de que el corazón real de la cocina, no es la estufa, sino el refrigerador. Pude darme cuenta de lo importante que es para mantener los alimentos frescos, para conservar lo que uno cocina o lo que pides a servicio a domicilio. Podrás no tener estufa, o usar una parrilla o el microondas, pero sin refrigerador, no puedes estar en tu casa, enfriando tu cerveza para una reunión, planear tus alimentos de la semana, congelar cosas para comerlas después. Incluso, cuando uno se muda, el momento justo en el que ya uno llegó finalmente a la casa nueva, es cuando puedes prender de nuevo el refri.
Así que hoy dale un poquito de cariño a tu refrigerador. Límpialo, saca las cosas que llevan ahí guardadas con la esperanza de ser comidas y que ya generaron vida propia, compra nuevas cosas y guárdalas ahí con mucho amor para ti mismo y tu familia, o quienes vengan a visitarte.
Entonces, el pollo cacciatore. Como lo dije al principio, esta receta la empecé a hacer en mis primeros años de vivir sola y cocinar. Es un platillo muy completo, con muchas verduritas, pollo y aceitunas. Lo puedes servir sobre una cama de arroz y es una comida muy satisfactoria.
Ingredientes:
- 4 piezas de pollo (puede ser muslo o pierna)
- 1 pimiento marrón del color de tu agrado
- media cebolla
- 250 gr de champiñones (de los que te gusten)
- 2 dientes de ajo finamente picados
- 1/2 taza de vino tinto – opcional
- 2 jitomates saladet o uno bola
- 1 cucharada de pasta de tomate (si tienes, la compras en tubo y acentúa el sabor de jitomate a los platillos. Recomiendo que tengas una en tu alacena)
- un puño de hojitas de perejil o albahaca (como unas tres cucharadas)
- 1 puñito de orégano seco.
- 1 cucharada de vinagre balsámico
- 1 /2 taza de aceitunas kalamata
Primero doras el pollo en el aceite de oliva con un poco de sal y pimienta. Lo sacas de tu olla y pones la cebolla picada a caramelizar unos 5 minutos. Agrega champiñones y pimientos y ya que se suavicen un poco, agregas el ajo. Al minuto viertes el vino tinto y dejas que se evapore un poco. Añades los jitomates con sus jugos, perejil, albahaca y orégano. Sazonas con sal y pimienta y bajas el fuego. dejas que se espese un poco la cocción cuidando de que no se pegue en el fondo de la olla. Pasando unos 10 minutos regresas el pollo dorado y tapas, dejas que se cueza el guiso como por unos 20 minutos a fuego lento. Añades el vinagre y las aceitunas. Rectificas la sazón y listo!